Por RAFAEL
NAVARRO-VALLS
Catedrático de la Universidad Complutense.
Publicado en EL MUNDO el 23 de Marzo de 2001
Según datos muy recientes del Foro contra la
Violencia de la Mujer, el número de víctimas mortales de la violencia sexista en
España se ha triplicado el último año. El informe publicado por el Foro de
Población de la ONU anota que una de cada tres mujeres en el mundo sufre malos
tratos o abusos sexuales. Un serio estudio sociológico promovido por CCOO
concluye que una de cada seis trabajadoras españolas sufre acoso sexual. La
publicidad sexista ha generado, en el último año en España, casi 400 quejas: un
12% más que el año anterior. El más reciente informe del INE en España detecta
una subida alarmante de los delitos sexuales: entre otros datos se destaca que,
desde 1992, al menos 26 jóvenes han sido asesinadas con abuso sexual previo. La
última, esta misma semana, una niña de 14 años en Campo de Criptana, un caso
todavía bajo secreto sumarial.
Según Manos Unidas, un millón de niños y
adolescentes entran cada año en el negocio de la prostitución. El Tribunal Penal
Internacional para Yugoslavia acaba de calificar, por primera vez, los asaltos
sexuales como crímenes contra la humanidad. En fin, hace unos días el delegado
del Gobierno de la Comunidad de Madrid declaraba que, si durante el año 2000 en
la región los delitos en general bajaron una media del 5,53%, el número de
agresiones sexuales se han duplicado sobre el año 1999.
Pido perdón por el abusivo recurso a la
estadística, pero me parece de interés corroborar con datos lo que la Sociología
lleva un tiempo alertando: en el cuadro de mandos de la sociedad occidental se
han encendido las luces rojas de alarma en la materia. Trasladar estadísticas
sin indagar en las causas sería hacer una especie de sociologismo fotográfico
que todo lo plasma, pero nada analiza. Hagamos un esfuerzo de análisis sobre
ellas.
Lo primero que parece advertirse es que se está
produciendo aquello que Octavio Paz denominaba «uno de los tiros por la culata
de la modernidad». Según el poeta mexicano: «Se suponía que la libertad sexual
acabaría por suprimir tanto el comercio de los cuerpos como el de las imágenes
eróticas. La verdad es que ha ocurrido exactamente lo contrario. La sociedad
capitalista democrática ha aplicado las leyes impersonales del mercado y la
técnica de la producción en masa a la vida erótica. Así la ha degradado, aunque
el negocio ha sido inmenso». Tal vez por eso, Antonio Gala decía no hace mucho
que, «en materia de sexo y dinero, ¿quién está limpio aquí?». Veamos.
Entre ocho y nueve millones de personas leen en
España el periódico durante, aproximadamente, una hora al día. Treinta y un
millones ven el televisor un mínimo de dos horas. El 60% de los niños en edad
escolar y preescolar permanece tres horas al día frente a la pequeña pantalla.
Según datos fiables, estos niños ven unos 10 casos de violencia física, tres de
ellos con resultado de muerte; una serie notable de efusiones sentimentales y
eróticas fuera de matrimonio; y uniones carnales descritas con bastante
minuciosidad.
En Italia, con datos muy parecidos a los españoles,
un grupo de padres fueron invitados para visionar una antología de la tarde
televisiva de sus hijos. Al terminar la sesión, algunos sufrieron trastornos
circulatorios y los más manifestaron una dolorosa incredulidad. Habitualmente no
veían la televisión con sus hijos. Según Ettore Bernabei, de la International
Family Foundation, la patología televisiva a que puede dar lugar este bombardeo
de imágenes sería peor que los efectos de un artefacto nuclear de la serie N.
Este destruye los cuerpos, pero deja intactas las cosas inanimadas. Cuando la
adicción televisiva se convierte en patología no es difícil la progresiva
erosión del espíritu, aunque queden incólumes los cuerpos.
Algo parecido ocurre con parte de la industria del
cine. El crítico de cine norteamericano Michael Medved provocó una polémica con
su libro Hollywood contra América. Esta obra, que realiza un exhaustivo estudio
acerca del tratamiento que Hollywood da a temas como la religión, el sexo, la
familia o la violencia, sostiene que, con demasiada frecuencia, la industria
cinematográfica difunde unos mensajes opuestos a valores que el público medio
aprecia: fidelidad, lealtad, pudor, etcétera. Su tesis ha suscitado comentarios
dispares.
Algunos, como Peter Biskind en Premiere, la
rechazaron y la calificaron de histérica. The Economist, sin embargo, coincide
con la tesis de Medved. Si trasladamos estos resultados a España, puede
provisionalmente concluirse que las pautas de comportamiento sexual difundidas
por parte de los media, contienen una buena dosis de irresponsabilidad. De modo
que se produce un curioso efecto: los mismos medios que braman contra la
violencia sexual probablemente son cómplices indirectos de ella, al contribuir
con sus mensajes a crear el caldo de cultivo propicio.
La propaganda mediática de la
violencia y el sexo «surge de las pantallas, que hacen como si la contasen y la
difundiesen pero, en realidad, la preceden y la solicitan» (Baudrillard). Un
incidente ocurrido hace pocos años entre Grecia y Turquía puede ilustrar este
fenómeno, que se agrava por la implacable lucha por los índices de audiencia. A
raíz de las declaraciones belicosas de una emisora privada de televisión en
relación con un minúsculo islote, las televisiones y las radios griegas
-arropadas por la prensa- se lanzaron a una escalada de desvaríos nacionalistas.
Las televisiones y los medios turcos, para no perder audiencia, entraron en la
batalla. Soldados griegos desembarcaron en el islote, las respectivas flotas
pusieron proa hacia esas aguas y la guerra se evitó por los pelos.
Es un ejemplo más de que el conocimiento del mundo
a través de imágenes deformadas incapacita al sujeto para formas superiores de
pensamiento y atrofia nuestra capacidad. Esta tormenta de imágenes hace que hoy
se reflexione poco sobre el sexo. Se imagina, se sueña o se suspira con él. El
sexo nos estimula o nos deprime. Pero esta tumultuosa actividad no es pensar.
Como se ha dicho, «pensar en el sexo significa esforzarse en ver el sexo en su
más íntima realidad y en la función a que está destinado». Desde luego es más
divertido usar el sexo que pensar sobre él. Pero de vez en cuando conviene
hacerlo. La historia del mundo humano ha sido la historia del dominio de la
razón sobre los impulsos, sin excluir el sexo. Un descontrol masivo del mismo no
parece estar dando resultados positivos.
Otra causa es la ingenua confianza en las medidas
legales para erradicar el problema. El Derecho es un modesto instrumento de paz
social. Pero echar sobre sus espaldas la ingente tarea de variar los
comportamientos sociales una vez alterados, es olvidar que el Derecho tiene un
influjo mayor mediante lo que podríamos denominar su actividad negativa. Esto
es, puede contribuir a no erosionar el ecosistema familiar y social con más
eficacia que a restaurarlo, una vez modificado por perturbaciones sociales.
Desde luego, son necesarias las reacciones legales destinadas a reprimir los
delitos contra la libertad sexual, proteger los derechos a la disposición del
propio cuerpo, tutelar el consentimiento viciado en casos de abusos sexuales a
menores o el derecho colectivo de exigir unas pautas morales de conducta en los
delitos de exhibicionismo, prostitución, pornografía etcétera.
En Estados Unidos, se ha llegado a presentar en la
Cámara de Representantes un proyecto de ley (Pornography Victims Compensation
Act) en el que las víctimas de los delitos contra la libertad sexual podrían
pedir indemnizaciones a la industria pornográfica. Bastaría demostrar que ella
ha sido la causa que ha provocado, aunque sea indirectamente, el ataque sexual
contra mujeres o niños. Justificación de los congresistas promotores: «La
pornografía borra la humanidad de la víctima con mentiras tales como que las
mujeres quieren ser violadas o que los niños desean sexo».
Pero estas medidas legales no llegan a la raíz del
problema. El verdadero problema es, parece ser, el elevado coste que la
población infantil y adolescente está pagando por los errores que los adultos
hemos incorporado en el significado de la sexualidad. Esa deformación inicial
(los niños tienden a imitar y desear lo que desean los adultos) se traspasa a
los años de la juventud e incluso de madurez, creando el caldo de cultivo
necesario para la violencia sexual. Al menos, esta es la opinión que comienza a
abrirse paso en la Psicología y en la Sociología. Lo cual es compatible con que,
en un amplio reportaje sobre la revolución sexual en EEUU, la revista Time acabe
de dictaminar su declive. Efectivamente, la llamarada de los 60 acabaría
apagándose con desencanto en los 90.
Muchas personas comienzan a descubrir los
tradicionales valores de la fidelidad, el compromiso mutuo y el matrimonio. En
las encuestas entre estudiantes crece el número de los que exigen que haya amor
y una relación estable para justificar las relaciones sexuales. Por ejemplo,
según un estudio sobre los valores de los universitarios realizado por la
Universidad Complutense (marzo del 2000) el 65,3% de los universitarios
considera «imprescindible» la fidelidad sexual a la pareja. Cifra que se eleva
al 73,1% cuando se trata de universitarias.
Pero esta nueva actitud no significa, sin más, un
retorno al equilibrio. La revolución sexual ha sido absorbida en buena parte por
la cultura, y aunque, por eso mismo, ha dejado de ser algo nuevo y atrayente, lo
cierto es que ha dejado una huella profunda que ha llevado de la exaltación del
sexo a su trivialización y, de ahí, al desencanto. Existe todavía una
hipertrofia de la afectividad en la que el fluir de los impulsos se convierte en
la estrella polar que guía el comportamiento humano. Esta mezcla de inmadurez
afectiva e hipersentimentalismo provoca un desequibrio anímico que desemboca en
la tendencia a entablar relaciones interpersonales basadas tan sólo en el
egoísmo. Quizá por ello todavía la necesidad de sexo duro, y en dosis cada vez
mas altas, se ha convertido -en determinados sectores que aún viven la resaca de
ese fenómeno- en una dependencia. Es muy sintomático que comiencen a proliferar,
discretamente, tratamientos médicos de deshabituación sexual.
¿Cuál es el capital social del que disponemos para
atajar estas causas de violencia sexual? Si estamos a los índices que propone
Fukuyama para medirlo en las sociedades occidentales, el activo está
disminuyendo de forma alarmante. Desde instancias diversas se sugiere un
esfuerzo combinado de reconstrucción social en el que intervengan todas las
fuerzas sociales: Estado, sociedad civil, religión y poder mediático. Tal vez
debamos comenzar por la escuela y la familia en un esfuerzo de verdadera
socialización de los valores.
Reducir el sexo a mera genitalidad es sembrar las
semillas de la violencia sexual, y provocar a la larga actitudes de riesgo. No
se trata de dramatizar más de la cuenta. Se trata de aplicar la sensatez.
También en esta materia.
http://www.solidaridad.net/vernoticia.asp?noticia=1189